domingo, noviembre 11, 2007

UPSTAIRS



Enrique subió despacio las escaleras. Escalón por escalón, jadeante. Ni bien llegó al umbral, soltó los hombros, resopló y se acarició el bigote amarronado con el pulgar y el índice de la mano derecha. Cauteloso, abrió la puerta, que emitió un breve pero agudo chirrido que pedía a gritos algo de lubricante para calmar el dolor. Cuando abrió, Enrique se petrificó, como si hubiera visto al diablo en persona.
-Rezá, hijo de puta.
Un estruendo seco retumbó en toda la cuadra. Segundos después, el peso muerto de Enrique estremeció hasta los propios cimientos del viejo edificio de la calle San Lorenzo.

1 comentario:

Gastón Erdosaín dijo...

Jack, pareciera que el blogger se ha obstinado en no mostrar aquello que ud ha subido. ¿será que se trata siempre de des-ocultar aquello aún no presente?


saludos.