
martes, octubre 13, 2009
BOCA DEL DIABLO

EN LA PENUMBRA

La plaza está oscura aunque no es de noche. El viejo que se recuesta a media tarde en el banco verde más próximo a la torre, ronca tanto pero tanto, que las hojas amarillentas de los árboles linderos caen oscilantes, comatosas. El brazo izquierdo le cuelga inanimado y el derecho está escondido o directamente le falta. Roxana, a los pocos metros, se refugia detrás de un centenario ombú que no dejó baldosa sin levantar, con un chongo pijudo que tiene que volverse a Varela antes de las 23, como todos los días. Al rato, sale con la cara atiborrada de una frigidez asombrosa. Se le nota a la legua que no quiere laburar. Se lleva un Beldent a la boca y sale a pitarse uno con la gorda Teresa, que vende panchos frente a la estación. Mitad en serio, mitad en joda, le cuenta lo que a la mayoría: “Me dicen que por un ratito me saque el disfraz de nena”. Ríen en medio de una nube densa de un mal porro. Roxana se ajusta el pantalón a la cintura, se raja un sonoro pedo y vuelve a las pistas. La gorda, con parte de la panza fuera de la remera, sigue riéndose mirando como su amiga vuelve a esconderse entre los árboles.
OCHO

El charco con forma de ocho vomita olor a bombacha sucia mientras cientos de pies lo esquivan y miran de reojo. Una colilla muerta flota a la deriva, se arremolina un par de veces hasta que desaparece. La calle cruje y el agua de la cloaca invade la vereda como una mancha voraz. Son las ocho. Dos paraguayos sentados en un cantero le dan del pico a una Palermo tibia. A uno de ellos le sobresalía del bolsillo, como si pendiera de un hilo dental, una enorme letra C de queso y almidón de mandioca.
martes, junio 02, 2009
DE VUELTA EN EL BAR

Vinicius está más iluminado. Los baños tienen carteles que indican el sexo de sus usuarios, cosa antes inexistente. El pibe que atiende es nuevo y se nota a la legua. Al rato, se le cayó la bandeja repleta de vidrios y botellas. El flaco Víctor me sorprende cuando me reconoce al segundo. Pregunta si acabo de salir del diario. Le explico que hace tiempo me reinstalé en “Buenos Aires” –La Plata, Mardel o Lincoln, da los mismo, caen en esa generalización tan provinciana que no da para tanta explicación- y que ando por Posadas por unos días nomás. “¿Te enteraste?”, tiró el flaco mientras me preparaba el gin tonic sin mirarme a la cara. “No. ¿Qué pasó?”. “Maurito estuvo internado”, dice. Parece que el loco fue a cubrir una nota después de una noche que nunca terminó, muy desabrigado, con el agua cayendo a cántaros. Fue a la casa de los padres de visita y se empezó a sentir mal. No podía respirar. Se ahogaba. Por esas cosas de la vida, a alguien se le ocurrió ir al hospital. Si estaba en su monoambiente la historia hubiera sido otra. Llegó agitado. Lo taparon de cables. Tenía neumonía. Le tuvieron que sacar todo el líquido de los pulmones y su estado era delicadísimo. Pasó a terapia. Al no comer, dormir poco y someter al hígado a un sinfín de peripecias y sobresaltos violentos, Mauro estaba complicado. Tenía menos defensa que River. La neumonía fue el detonador de toda una movida que sabíamos que podía pasar en cualquier momento. El flaco me contó que lo fue a ver al sanatorio y que el amigo convaleciente lagrimeó. “Me dijo que charló con la parca”, dijo entre risas. “Ahora está mejor, después de casi dos meses de internación, está en lo de los padres”. Se me hizo un nudo en el estómago. Ni ganas de emborracharme me dieron. Me senté en la mesa al lado del ventanal. Vinicius de Moraes me miraba inquisidor. Levanté el vaso y pensé en mi amigo. No puedo homenajearlo de otra forma que no sea tomando un trago.
Cuando lo conocí, era medio parco, distante. Me costó acercarme a él. Pero al final, nos hicimos muy compinches. Vinicius era nuestra guarida de post redacción y todos lo sabían. Nunca nos importó un carajo qué piensen de nosotros los popes del diario y los políticos de nuestras corridas en el bar. Pido otro gin tonic. Me afloran infinidad de recuerdos. Las noches donde el calor te cae en la cabeza con el peso de un piano, las rondas eternas de birras, los vodka con pomelo de Maurito, las hamburguesas completas tamaño lavarropas, las charlas inconducentes, las sacadas de cuero a media Posadas, los llamados de mi mujer para saber a qué hora regresaba a casa, las vueltas en moto con Luis que cuando salía con su Honda 100 hacía unos ocho impresionantes hasta que enderezaba el rumbo. Bebo otro sorbo de gin y mi vejiga parece estallar. Vuelvo del baño y la batería de la notebook amenaza con dejar de funcionar. Pienso en Mauro. Juro y perjuro que lo tengo que ir a visitar, pero no sé si me dará el tiempo. Tengo ganas de estrecharle un abrazo interminable, palmearle la espalda y decirle que es un periodista del carajo, súper talentoso, que desperdicia su enorme pluma haciendo notas chotas de actualidad. Es como un Enrique Symns del Litoral. Un amigo de la calle, de la noche, del periodismo. De la vida, bah. Espero que se deje de joder y se rescate un poco porque no quiero llorarlo. Mauro, si no te veo en breve, salud mi viejo.
jueves, mayo 07, 2009
EL ARTE DE ESCRIBIR

Escribir, reflexionaba, tiene que ser un acto desprovisto de voluntad. La palabra, cual una profunda corriente oceánica, tiene que surgir a la superficie por su propio impulso. El niño no necesita escribir porque es inocente. El hombre escribe para expulsar el veneno que acumula debido a su falsa manera de vivir. Trata de recuperar su inocencia, pero lo único que logra al escribir, es inocular al mundo el virus de su desilusión. Nadie escribiría ni una sola palabra en el papel si tuviese la valentía de vivir a la altura de lo que cree. Su inspiración se desvía en su misma fuente de origen. Si es una palabra de verdad, belleza o magia lo que desea crear, ¿por qué interpone millones de palabras entre él mismo y el mundo? ¿Por qué difiere la acción, a menos que, a semejanza de otros hombres, desee realmente poder, fama y éxito?...
El escritor realmente grande no quiere escribir: quiere que el mundo sea un lugar donde vivir la vida de la imaginación. La primera palabra temblorosa que pone en el papel es la palabra ángel herido: dolor. El proceso de escribir palabras equivale a entregarse a un narcótico. Observando el crecimiento de un libro bajo sus manos, está henchido de delirios de grandeza...
La mejor parte del arte de escribir no es el trabajo real de poner palabra tras palabra, ladrillo sobre ladrillo, sino los prolegómenos; el trabajo de pala que se hace en silencio en cualquier circunstancia, tanto en sueños como en estado de vigilia. Ningún hombre escribe jamás lo que pensaba decir: la creación original que ocurre en todo momento, no importa que uno escriba o no, pertenece al flujo primordial: no tiene dimensiones, ni forma, ni factor tiempo. (...) Las palabras, las frases, las ideas, no importa lo sutiles e ingeniosas que sean; los más descabellados vuelos de la poesía, los más profundos sueños, las más alucinantes visiones, no son sino crudos jeroglíficos cincelados en dolor y congoja para conmemorar un acontecimiento que no transmitirse....
Solía trabajar en la habitación de su hermano, donde poco antes el director de una revista, luego de leer algunas páginas de un cuento inconcluso, me informó fríamente que yo no tenía ni un gramo de talento, que no conocía los más elementales principios de redacción: en suma, que yo era un fracasado completo y que lo mejor que podía hacer, compañero, era olvidarme de eso y tratar de ganarme la vida decentemente. Otro badulaque que había escrito un libro de mucho éxito sobre Jesús el carpintero me había dicho lo mismo. Y si las notas de rechazo significaban algo, había amplias pruebas en apoyo de las críticas de estas mentes que sabían discernir. “¿Quiénes son esas mierdas?”, solía preguntarle a Ulrico. “¿De dónde vinieron para decirme semejantes cosas?”....
Había ido como de costumbre a la oficina, en la mañana, pero al mediodía estaba tan inspirado que tomé el troleybus y me dirigí al campo. Las ideas brotaban a raudales en mi cabeza. A medida que las anotaba rápidamente, otras se atropellaban en rápida sucesión. Por fin llegué a ese extremo donde uno abandona toda esperanza de recordar ideas brillantes, y sencillamente se rinde al lujo de escribir un libro mentalmente. Uno sabe que nunca podrá captar esas ideas, ni una sola línea que atraviesan la mente como aserrín que se derrama por un orificio...
Si uno persiste en estrangular sus impulsos, termina convirtiéndose en un coágulo de flema. Finalmente se lanza un escupitajo que nos agota por completo, y que sólo años más tarde se comprende que no había sido un escupitajo sino lo más íntimo de nuestro ser. Si se pierde eso, uno siempre correrá por calles oscuras como un loco perseguido por fantasmas. Siempre se podrá decir con perfecta sinceridad: “No sé qué quiero hacer en la vida”. Puede uno pasar limpiamente a través del filamento de la vida y salir por el extremo ancho del telescopio viéndolo todo atrás, fuera de su alcance y diabólicamente retorcido. Desde entonces en adelante se desarrolla el juego. No importa la dirección que se tome, uno se encuentra en una sala de espejos; uno corre como loco buscando una salida, sólo para encontrarse rodeado nada más que por imágenes deformadas del propio y dulce yo....
jueves, abril 02, 2009
PAPELÓN AR6ENT1NO

Lo de ayer fue un papelón indescriptible. Nunca vi un partido en La Paz –de seleccionados o equipos- donde el visitante haya jugado tan mal como Argentina.
Es increíble como los periodistas obsecuentes del Dié (desde MP hasta el equipo de VH) tratan de buscarle la quinta pata al gato para justificar lo injustificable. Esos son los mismos que post Venezuela comparaban nuestra escuadra con el Brasil del ´70. No quiero imaginarme lo que hubieran dicho/escrito con Basile sentado en el banco. En mis años de existencia escuché miles de argumentos –ciertos, desde ya- sobre lo perjudicial que es la altura para los físicos que no están acostumbrados, pero el desastre del Hernando Siles no puede circunscribirse solamente a ese factor. Enumeremos:
1- Bolivia en esta eliminatoria, con este mismo equipo, como local perdió con Chile (cero altura, sólo una ciudad –Calama- pero no tienen jugadores de allí en el Seleccionado) y empató con Uruguay (2-2) y Ecuador (0-0).
2- Es la segunda derrota más abultada de la historia, después del 0-6 contra Checoslovaquia en Suecia 1958.
3- En la Eliminatoria pasada se ganó 2-1 con un equipo muletto que armó Pekerman, que se preparó para jugar ahí y con mayoría de jugadores que no habían sido de la partida previa (sólo Cambiasso y uno más, creo, jugaron días atrás contra Colombia en la Heladera Plumífera). En la era Bielsa se empató medio de pedo 3-3 sobre la hora, pero se mostró una actitud muy diferente: en los últimos 15 minutos los bolivianos no podían salir del área por el acoso de nuestros players.
4- Es asombroso que después del 1-3 y con Carrizo figura (pese a que se morfó dos goles porque sino el resultado podría haber sido peor; en un compacto televisivo contabilizaron 15 situaciones MUY claras de gol en contra), nadie adentro –ni afuera-de la cancha haya tenido el liderazgo suficiente para por lo menos tirarse atrás y aguantar el chubasco. No, nada de eso. Muy mal parado en defensa, no daban dos pases seguidos, no atacaban, no marcaban, no tiraban pelotazos, no jugaban por abajo, no había plan, no había rebeldía, no había carácter. Nada.
5- Está claro que este equipo carece de un caudillo anímico por un lado, y futbolístico por el otro, sobre todo porque el estilo de Messi –el mejor de los nuestros sin duda- es la explosión individual, la genial aparición repentina y vertical, el desequilibrio en los últimos 30 metros. Messi no hace jugar al resto, está claro.
6- Falta un goleador de manual que esté pasando buen momento y que tenga proyección mundialitsa. ¿Higuaín? ¿Diego Milito? ¿Lisandro López? ¿Mauro Zárate?
7- El penal que hace Zanetti es inconcebible para un tipo de 35 pirulos con 18 de titular en la primera del Inter. A veces, la experiencia es como dijo Ringo Bonavena: “Es un peine que te dan cuando estás pelado”.La expulsión de Di María es todo lo contrario: por algo así corre el riesgo de no volver más. Por pelotudo.
8- Niveles individuales pobrísimos desde hace rato: Heinze y sus dos penales por partido nunca cobrados, el increíblemente siempre convocado Lucho González, Maxi Rodríguez a años luz de lo que mostró en Alemania ´06, el muy bajo rendimiento –aunque lo banco a muerte- de un Tévez que choca contra todo lo que camina y no se sabe de qué posición juega, si de delantero, de media punta, de extremo, de enganche...
9- Si bien vamos a clasificar, lo que viene no es nada fácil: Colombia, Perú y Brasil en Baires y Ecuador (altura again pero un equipo rival mejor), Uruguay y Paraguay afuera.
10- Jugadores hay. Falta todavía un equipo.
miércoles, abril 01, 2009
ALFONSÍN Y YO

Había un sol tremendo, inconmensurable, tanto que no dejaba ver. Fruncí el ceño infinidad de veces hasta que un sonido estridente que aumentaba sostenido en el aire me estremeció. La masa que nos rodeaba agitaba miles y miles de banderitas albirrojas, gesticulaba, aullaba y estiraba los brazos hacia un punto que yo, sentado desde los hombros de mi papá, no podía distinguir. La euforia crecía. Mi viejo saltaba alocado y yo tenía miedo real de venirme abajo y perderme entre esa marea de piernas. En esos momentos, pude ver al avión a unos 50 metros más o menos y cómo bajaban de a uno sus pasajeros. Alfonsín salió y efectuó el clásico saludo de las manos entrelazadas, el mismo que aparecía en las fotos de las revistas de la época, en la poca tele que había, en los carteles que reventaban las paredes. Estaba viendo al Presidente, ese Presidente de bigotes tan idolatrado por mis viejos, muy especialmente por papá.
***
Mi vieja se quebraba en llanto y el viejo la contenía en su pecho. La frase “Nunca Más” retumbaba una y otra vez. Me quedé helado sin comprender nada, al igual que un par de años después cuando ellos dos - de nuevo- observaban petrificados el televisor en medio de una densa nube de Particulares 30 y Chesterfield a esos tipejos de verde armados hasta los dientes, con boina colorada de lado y la cara recubierta de betún, que hablaban a las cámaras con tono amenazante, casi puteador. “Otra vez no” espetó entre espasmos mi vieja. Cuando el helicóptero presidencial partió hacia donde estaban “los rebeldes”, como los calificaban los medios de entonces, partimos hacia la Plaza San Martín. En el balcón frente a la Municipalidad, tras horas de mucha tensión, aparecieron en el balcón todos los dirigentes marplatenses peronistas y radicales. Hablaron y hablaron. Hasta que algo pasó. La plaza se partió en dos. Al lado mío una señora agitaba una bandera radical al grito frenético de “por la paz”, mientras que a pocos metros caras más jóvenes retrucaban “punto final, la lucha sigue igual”. Nos fuimos entre murmullos. La desconcentración transpiraba los sentimientos y sensaciones inversas a las del comienzo de la convocatoria.
***
Carlitos tenía un cuaderno donde a un grupo selecto de vecinos del barrio les otorgaba crédito mensual. La inflación era moneda corriente y cuando se cobraba salíamos disparados a lo de Carlitos, quien ya nos había separado en una caja una serie de víveres no perecederos que luego depositábamos en una alacena enorme que todavía mi abuela conserva. En otras ocasiones concurríamos al Hogar Obrero o Supercoop, donde aceptaban unos ticket extraños, de colores, del estilo de los “Canasta” de hoy. Se acumulaba. Muy de vez en cuando aparecía un botellón de Mountain Dew o de Gini. También de Teen. Las tapas se canjeaban por increíbles vasos de la Pantera Rosa, los Pitufos, de Disney. Había unos yo-yo inolvidables. La ropa, cuando se compraba, era ahora y ya porque a los pocos minutos salía más cara. Los regresos de la playa eran mortales. Subir once pisos por la escalera por los cortes de luz, cargados de cachivaches, era una experiencia traumática. Uno de esos días, mirando por la ventana, me asombró la aparición de una densa columna de humo negro a unas pocas cuadras: era el entrañable Hogar Obrero que se despedía para siempre. Algunas noches mis viejos iban al cine y nosotros nos quedábamos con la abuela. En una de esas, al otro día, pregunté qué era lo que habían visto. Como si fuera hoy, recuerdo la respuesta de mamá mientras hacía la cama: “La naranja mecánica”.
***
Cuando aparecía Ubaldini en la tele, a mi viejo le hervía la sangre. Lo odiaba. Ese personaje con cara de tristón, una especie de Droopy ojeroso con campera de cuero que era satirizado por Sapag, aparecía cada dos por tres. Neustadt y Grondona, imbatibles en audiencia, también le sacaban caspa al viejo. Los debates. El enojo clerical y las pintadas por la Ley de Divorcio. Saadi versus Caputo. Chacho Jaroslavsky, Antonio Cafiero y el peronismo renovador, Triaca, la Coordinadora, Pugliese, Casella, Luis Zamora y el MAS, el FRAL, el PI de Alende, la muy puteada UCD de los Alsogaray, Adelina y Albamonte, la elección del ´87, el intento de reforma constitucional bonaerense.
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Muchos años después, con otro primer mandatario en funciones, mi viejo desempleado llegó de la calle tipo once. Mamá y mi hermana dormían y yo miraba no sé qué mierda en la tele. Tenía los ojos llorosos. “¿Qué pasa?”, dije. “Fui a ver a Alfonsín al Quilmes”, arrojó. La insolencia adolescente de su interlocutor le contestó con una carcajada burlona. A diferencia de otras veces, donde nos trenzábamos, se arrojó en el sillón, miró al cielo y me contestó: “Decí lo que quieras, pero el Gallego cuando habla me emociona. Tiene tanta razón...”.
***
Se fue un dirigente político que no tiene correlato con ninguno de los de hoy -motonautas, borocotós, conversos permanentes-...El último gran orador electrizante de la política argentina que se construyó sin nada de marketing. Hoy papá no está para despedir a su Gallego, al que también puteó –desde el afecto y la admiración, calculo- por sus “agachadas”, como solía decir entre rabietas. Con Alfonsín, más allá de sus innumerables y muy graves errores que no vienen al caso enumerar-creo- se muere también una época. Con Alfonsín, en definitiva, se muere también mi infancia.
martes, marzo 31, 2009
viernes, mayo 16, 2008
REMOLINO MEZCLA

martes, mayo 06, 2008
FLOWERS

lunes, mayo 05, 2008
MANGOS

-Si, le tengo muchas ganas.
No era para menos. Medía casi 20 metros de alto y unos diez de diámetro. Recién empezaba diciembre junto a los calores de verdad, y los mangos descartaban la pilcha verde y adoptaban las manchas amarillas y naranjas.
Los hermanos se lamentaban por el tamaño de las frutas, porque los brasileros son casi el doble, aunque de precio inaccesible. Pero el nudo en la panza, y las ganas de joder a la vieja hinchapelotas esa, podían más que cualquier impedimento ocasional o no tanto.
Cachilo, el más grande de los dos, tuvo la idea de subir a sus hombros a Juancho, el más chico.
-Dale, no seas cagón. Poneles en tu remera y después te bajo.
Así lo hicieron, un sofocante domingo por la siesta, donde nadie los interrumpiría. Había llovido y estaba pegajoso por la humedad. En medio del operativo, mientras Juancho no podía agregar ni una fruta más a la remera, que funcionaba como improvisada canasta, apareció, de la nada, con los ojos encendidos y furiosos, Doña Alfonsa.
-¡Shhh…Rajen pendejos de mierda!
Ante semejante sorpresa, el chiquito se pegó un jabón de aquellos, mientras los mangos caían en cámara lenta, muriéndose poco a poco en el asfalto incandescente. Ni medio segundo después, los dos, salían disparados ante la ceñuda y criminal mirada de la vieja.
RUTINAS

Tal vez sea por el susto que se pegó en el 91, cuando sintió un pequeño tirón en el pecho, y el doctor Mazzinini le dijo, algo preocupado: “Graciela, de ahora en más, se va a tener que cuidar”.
Y ella sale, aunque llueva, truene o raje la tierra el implacable sol siestero. Agarra con fuerza el manubrio, levanta el pedal con el empeine del pie izquierdo, se sienta algo aparatosa en el ya diminuto asiento, y da la pedaleada inicial, rampante y altanera, que le provoca ese mismo tironcito de siempre en el gemelo, que le hace decir cada día lo mismo: “¡Pantorrilla de mierda!”.
martes, marzo 25, 2008
PELELE, EL PARAGUAYO

martes, noviembre 27, 2007
CUCHILLAZOS, DISPAROS Y UN LECHÓN ORGÁNICO

El comentario del visitante me asedió durante todo el día siguiente. Por esas cosas del destino, al carecer ocasionalmente de movilidad se me hacía imposible ir hasta la feria, a sabiendas que los mantecosos puerquitos muertos costarán más los próximos días por obra y gracia del calendario y de la inflación: las fucking fiestas disparan los precios.
De repente, mi celular empezó a vibrar y a titilar. “Nº Privado”, rezaba la pantalla. Maldije porque intuía que se trataba alguien del laburo que me molestaba en mi día de franco. “Hola, ¿Diego? Habla Ángel de San Javier. ¿Te acordás de mí?”. Tardé un par de segundos en reaccionar y caí. Le pregunté cómo andaba.
“Muy bien por suerte. Mirá, mañana tipo diez voy a andar por Posadas y me quería juntar con vos, viste. Te quería dar un regalo por la mano que me diste. Tengo un lechoncito orgánico, chiquito, casi sin grasa para llevarte”. Se me iluminó el pecho.
"Bueno, te espero. Un abrazo”, fue la escueta respuesta que me salió de la boca.
Corté el teléfono y empecé a bailar como un idiota. Mi mujer reía y mi hijo ni se enteraba de lo que sucedía. Un tipo que había visto una vez en mi vida, porque salió en le diario, me retribuyó con un lechón de granja. Se llama Ramón Ángel Tymcziszyn, tiene 37 años, es productor yerbatero de San Javier, un pueblo fronterizo con el Brasil. En diciembre lo quisieron apuñalar y lo corrieron más de 200 metros a balazo limpio. Hace una semana le prendieron fuego la camioneta.
Ángel visitaba asiduamente el supermercado y entabló lazos muy cordiales con madre e hija. El sobrino de Nico, Jorgito, percibió que ambas mujeres le prestaban demasiada atención al polaco y se congraciaban con él en cuanto podían, y eso lo ponía violeta de rabia; no pasó mucho tiempo para que Jorgito, un huevón de 30 pirulos, vaya a las corridas a llevarle el chisme al poderoso tío.
“No fuimos más que amigos. Lo que pasa es que Nico no les daba bola y yo me ponía a charlar cada vez que iba al supermercado. Incluso, yo como favor les cambiaba los cheques por efectivo porque como vendo yerba me la pagan en efectivo”, confesó Tymcziszyn. Cuando se lo interrogó más finamente sobre su relación con las dos mujeres, el yerbatero se limitó a contestar con una muy pícara sonrisa.
Corría diciembre de 2006 y el calor de la frontera espantaba hasta las yararás. Ángel visitó a las dos amigas y estacionó el auto a una cuadra del supermercado porque sabía que Nico estaba “puto de malo”. Dejó las dos puertas abiertas y se puso a charlar con Carlitos Olivera, un inspector de tránsito compinche. De golpe, Nico Natividade con la cara desfigurada por el odio, arremetió blandiendo por el aire un cuchillo Martinazzo mientras esputaba todo tipo de improperios. “Te voy a matar, polaco de mierda”, fue la frase que dio el puntapié inicial para que Nico comience a lanzar puntazos a granel. Ángel, con destreza gaucha, esquivó una estocada tras otra. Carlitos, el inspector, interpuso su humanidad para que el agresor desconecte su impulso asesino y no resultó lesionado de puro milagro. Descontrolado y enceguecido, el candidato-cuchillero ingresó al auto de la víctima y le arrojó una puñalada directamente al pecho, pero Ángel se salvó, descendió del auto y le pateó el rostro al violento candidato que se desmayó por el impacto.
Dentro de la nómina de testigos, Liliana Tachile, según versiones provenientes de San Javier, habría sido tentada con 10 mil pesos para que cambiara el testimonio, ya que fue una de las citadas por la Justicia. Silvana Selmi, otra de las testigos, estuvo a punto de ser impactada por un proyectil y denunció al pistolero. “Hasta el día de hoy me amenazan vía telefónica de que me van a matar, le gritan desde un auto cosas agresivas a la noche a mi madre, esto es tremendo. No sé cómo este hombre tiene la cara para presentarse como candidato”, confesó Ángel.
Pero su derrotero no sería definitivo. Hace una semana, se levantó a las cinco de la mañana como todos los días para irse a trabajar a la chacra. Cuando salió a la vereda, la camioneta Peugeot de su propiedad estaba envuelta en llamas. En pocos minutos, sin embargo, pudo sofocar el fuego. “Rompieron la ventana del lado del acompañante con una piedra, que estaba al costado de la rueda, y tiraron un envase de plástico de medio litro más o menos con nafta. Las butacas, los visores, el tapizado, la palanca de cambios y el estéreo resultaron muy dañados". Las pericias de Criminalística hallaron fósforos en el interior de la camioneta y en la vereda, a los pocos metros. Tymcziszyn se presentó en la delegación policial y acusó a Rubén “Tío Nico” Natividade y a su sobrino Jorge de haber perpetrado el atentado.
La publicación de su caso lo protegió, en parte, de nuevos atentados. Nico le envió emisarios que le confesaron que no tuvo nada que ver. Un playero de una estación de servicio que tiene cámaras de seguridad le contó que un par de pibes en moto compraron una botellita de coca de nafta súper y le advirtieron que no diga palabra porque la iba a pasar mal. Jorgito habría pagado 500 pesos a cada motoquero para que incendien el coche de Ángel. Hasta ahora, todo quedó en la nada.
Rubén “Tío Nico” Natividade, en tanto, ganó por afano las elecciones y desde el 10 de diciembre será el nuevo intendente de San Javier.
lunes, noviembre 12, 2007
TEMBLOR
Un trueno, una guitarra, cuerdas, vocales, luces, agua,viento, barro, huesos.Todo se desvaneció cuando, al fin, el Hombre decidió tirar todo por la borda en un cinético ejercicio efectuado por un círculo de incrédulos aduladores de la palabra, del oro y del poder.
*
La Nada se erigió detrás del vidrio, ignominiosa, y asustó a las bípedas conciencias con un "¡Bú!" breve pero intenso.*
El Hombre se animó. Dio un sonoro portazo tras sí y el mismísimo Universo, apichonado y temeroso, pasó a ser simplemente un testigo mudo, como si fuera un niño desguarnecido a la salvaje intemperie.
domingo, noviembre 11, 2007
EL ESPERADO Y ESTELAR REGRESO DE JACK DULUZ

En Marte se cogió una estrella negra de once puntas, en Saturno se fumó un anillo y cayó prisionero de la Policía de la Razón Cósmica a los pocos años luz. Le trasplantaron el hígado y un pulmón. Muchos lo daban por muerto. Pero cuando nadie apostaba dos centavos por él, se sacó las sondas de un tirón, rompió con los dientes la camisa de fuerza, le pateó la quijada al enfermero y se tiró por una ventana que daba al mismísimo abismo.
Jack está de vuelta. Y amenaza con acogotar al viejo Dios hasta dejarle la cara azul.
Acompáñenlo. No se arrepentirán.
UPSTAIRS

Enrique subió despacio las escaleras. Escalón por escalón, jadeante. Ni bien llegó al umbral, soltó los hombros, resopló y se acarició el bigote amarronado con el pulgar y el índice de la mano derecha. Cauteloso, abrió la puerta, que emitió un breve pero agudo chirrido que pedía a gritos algo de lubricante para calmar el dolor. Cuando abrió, Enrique se petrificó, como si hubiera visto al diablo en persona.
-Rezá, hijo de puta.
Un estruendo seco retumbó en toda la cuadra. Segundos después, el peso muerto de Enrique estremeció hasta los propios cimientos del viejo edificio de la calle San Lorenzo.
sábado, noviembre 10, 2007
ASÍ LLEGASTE

“Mirá, sos muy chiquita. Además, los monitoreos nos indican que puede llegar a haber una vuelta de cordón. Así que evitemos complicaciones y esta noche hacemos la cesárea”. Automáticamente, Juli, me mandó un mensaje de texto mientras yo mateaba y picaba algo del reviro que los colonos yerbateros que desde hace 40 días acampan con sus desvencijados tractores en la plaza 9 de Julio mareaban en una gloriosa olla negra. Me quedé helado. Salí cagando y monté un taxi que recién arrancaba de la parada. Cuando nos vimos, empezamos con los preparativos: el bolso con las cosas necesarias, guita, obra social, carnets, documentación y muchos etcéteras. Entre pitos y flautas, llegó la hora “h”. El martes 19 de junio amenazaba con ser, por lo menos, adrenalítico.
Compartíamos pieza con un matrimonio joven, obrero y ya experimentado en esto de tener alguien más que rompa el círculo hombre-mujer. Vino el camillero, la vistieron, le pusieron una vía en la mano derecha y la subieron a la camilla propiamente dicha. La acompañé por los calurosos e intrincados pasillos del sanatorio hasta llegar a un lugar donde mi presencia no era necesaria. “Señor, tiene que dar la vuelta a la derecha, bajar la rampa y quedarse en la sala de espera. Lo van a llamar. Después, retome la rampa que le van a entregar el bebé”. Las indicaciones eran sencillas, pero me parecieron equivalentes a la caída de la bolsa de comercio de Uzbekistán por la incidencia del poroto negro bengalí en la cotización del dólar paralelo. Así todo, encontré el lugar. Al mejor estilo Bielsa, fui y vine mirando las baldosas, autómata y con millones de pensamientos que se me cruzaban. Desde los más bellos e inesperados hasta los siniestros. A los cinco minutos, un tipo repleto de barbijos y bolsas con pinta de científico loco que maneja virus para hacer una bomba bacteriológica, me encara de sorpresa y me dice: “Es poca a ropa, hace mucho frío. Tráigale una manta y más abrigo”. La palabra “manta” derrumbó mis enclenques previsiones como castillo de naipes . Yo sabía que no había tal manta, y por ende, debía ir a casa a buscarla. Gran cagada. El celular reventaba de llamados curiosos que preguntaban todo mientras por otro lado le garpaba al tachero. Revolví todo y encontré la manta de mierda. Rajé de vuelta. Entregué todo. El abrigo que traje, envuelto en la locura, era para cuando la criatura ingrese a la Universidad, más o menos. Caos. El vecino de zapie me prestó ropa. Vergogna. Pasó el zafarrancho. El reloj trasmitía la tensión de los últimos segundos de un partido de básquet que no se define y que viene cabeza a cabeza. De repente, escucho un llanto que rajó la tierra. Una y otra vez. Era él. Había llegado. Y por lo menos, de los pulmones, parecía andar bien. Me llaman. Voy donde me dijeron. Me esperaban dos puertitas de madera que en realidad se asimilaban a ventanas. Se abren. El mismo que me reclamó más pilchas me hace firmar no sé qué. Viene una tordilla con algo entre los brazos envuelto con la puta manta. Me lo entrega. “Tu bebé está bárbaro. Es hermoso. Pesa 2 kilos 800”. Lo agarro y lo miro. Increíblemente está con los dos ojazos abiertos, relojeando todo a su alrededor. Caminamos juntos hasta la habitación a esperar a la madre. Estuvimos solos una media hora y nos dijimos sin hablar de todo. Lloramos con la mamá, sumergida en un vaho de droga pos peridural. Ella no podía moverse por la herida, tras lo cual hice una aceleradísimo curso de paternidad, que pese a las inevitables vacilaciones iniciales, aprobé con creces y muchísima dignidad.
Así vino Ernesto, ese pequeño ser, guerrero con piel de poeta. Llegaron mis suegros, mi vieja. Tras dos días, de vuelta a casa, a encarar esta nueva vida de pañales, óleo calcáreo, algodón, llantos, leches, tetas, cordón que debe caerse, sueño interrumpido. Por suerte, y tocamos madera, el quía de noche duerme de prima, así que ojeras violentas hasta el momento no tenemos. Volví al trabajo-enfermedad del periodismo gráfico. El martes que viene cumple dos semanas. Y mucho no se puede decir. Ustedes lo han visto. Nada más me/nos cambió la vida.