sábado, abril 09, 2011
Es otra cosa
jueves, abril 07, 2011
"El incendio y las vísperas" de Beatriz Guido y el odio gorila
viernes, abril 01, 2011
Los senderos de Walsh
jueves, marzo 31, 2011
Sobre De Gennaro y Pino Solanas: ¿Protegerse?
miércoles, marzo 30, 2011
Clarín como Luís XIV: La oposición c'est moi
El vacío político alimentado por una oposición que no deja de sorprender por sus torpezas, la falta de liderazgos y propuestas superadoras, definitivamente es ocupado hoy por Clarín y todos sus tentáculos del poder económico. Clarín ya asumió el rol con decisión, harto de ver cómo esos patéticos esbirros fracasan de manera sistemática. Se cansó de orinarles la cabeza por las editoriales o a través de sus columnistas más reconocidos. Se les hinchó las amígdalas de tanto desfile estéril por todos los programas que se les pone a disposición, sin repreguntas y con tiradores de centros de precisión quirúrgica.
El acto de brutal sinceramiento del Grupo, potenciado de manera exponencial tras los comicios de Catamarca y Chubut, conlleva a su vez una desesperación sin precedentes, tal vez porque la percepción de una victoria kirchnerista en octubre tiene sabor a vómito contenido: rendición/negociación con condiciones o capitulación total. Esa desaforada estrategia que destila agonía tiene como objeto tensar la cuerda hasta la rotura, enturbiar la atmósfera lo más que se pueda, buscar el caos por debajo de las baldosas. Al haber pasado el tiempo de la ingeniería de las medidas cautelares y los telefonazos a juzgados amigos, le queda, como ancho de bastos bajo la manga, la desobediencia a cualquier pretensión de legalidad posible: se pasará –como ahora- por las verijas la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, las resoluciones de la Afsca y todo aquel fallo judicial que obligue al Grupo a ajustarse a derecho. Con perversa inteligencia y los bolsillos temblorosos, buscará aún más cualquier tipo de sanción estatal para declamar intimidaciones, aprietes y arbitrariedades de un Estado sediento de caja y de poder.
Clarín se va a poner a la vanguardia del mosaico opositor con la bandera de la libertad, como el representante absoluto de la democracia frente a las tropelías y delirios autoritarios del Estado estalino-montonero-K. Será, más que nunca, “Todos Nosotros”, el orfebre con Alzheimer de una especie de Unión Democrática posmo y bajas calorías. Sacudirá con ahínco la cara negra y fea de Moyano, invocará a la bestia chavista, agitará los fantasmas de la violencia de los ´70, enaltecerá el fanatismo K y la avidez contractual de la juventud (corporizada en los hitlerianos de La Cámpora), con el único fin de espantar burgueses y despertar el enano fascista que habita en gran porción de la clase media.
La obviedad es tan grande que no debería sorprender. Clarín es la oposición real, no a un gobierno bueno, malo o regular, sino al sistema democrático en su conjunto: no es el diario o el canal, es el grupo empresario corporativo más poderoso del país que lo único que persigue es la sumisión de la Política a sus intereses. Los tiempos por suerte han cambiado y muchas de estas cuestiones, antes discutidas en antros inundados de humo, están al alcance de toda la sociedad. El desafío mayúsculo es saber si esa sociedad está dispuesta a ver tras el velo construido desde ese poder mafioso en los últimos 30 años.
Clarín, sin embargo, podría barajar dos opciones, como dice un amigo. El inconveniente es que no las puso en práctica jamás en su historia. Una, que Magnetto sea candidato. Otra, que haga periodismo.
sábado, febrero 19, 2011
Correr por izquierda

Es asombroso. Cada vez me sorprendo más. La capacidad de algunas personas de apelar a un izquierdismo chicanero para poner en orsai o situar en evidencia como cómplice de explotación burguesa al ocasional interlocutor, es sorprendente. No importa la pertenencia partidaria. Puede ser un radical, un pinista, un socialista o un muchacho del PRO (descarto a los amigos troscos por cuestiones obvias).
Lo resonante es que siempre se puede correr por izquierda a quien, esencialmente, ocupa lugares de poder. La causa es simple: las estructuras burocráticas, las relaciones institucionales y la acumulación de fuerzas, son de derecha desde esa óptica. Como quienes suelen apurar desde la izquierda no profesan ninguna voluntad de poder y se reducen a meros fiscalizadores de la actualidad, no suelen inquietarse por disquisiciones de semejante ramplonería.
La corrida por izquierda suele hacerse desde un no-lugar, desde un sitio de privilegio en cuanto a la observación científica. Ese no-lugar es tremendamente cómodo, no sea cosa que embarrarse en la mierda política y manchar la levita. Porque, claro, cuando algo por lo cual uno llenó páginas y páginas –incluso hasta militó- se cumple pero por designio de otros, uno debe desconfiar de las intenciones. No son puras, auténticas, como las nuestras. No, señor.
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El gran problema con el que cuenta la izquierda en línea general radica en la praxis, no en lo discursivo. Es muy sencillo desembarazarse del fracaso del socialismo real tirándole los cadáveres a Stalin, Pol Pot, Mao y Ceaucescu. No es un dato menor. En todas las experiencias socialistas del siglo XX no sólo no se ahorraron mililitros de sangre ni hectáreas de alambres de púa, sino que tampoco se colaboró demasiado para mejorar la calidad de las vidas de los pobladores de esos lugares (aún con sus bemoles, quiero excluir del combo a los cubanos, tema harto discutible también pero signado por un entorno beligerante inédito en el mundo). En síntesis: el socialismo práctico ha sido un gran dolor de cabeza para la humanidad, hasta ahora. Y de eso no es fácil salir a la hora del debate, porque la política es la praxis para transformar la realidad y pelear por el poder. O como dijo el General, la única verdad es la realidad. El resto, es helado caliente.
Días atrás, leyendo a Artemio López, me topé gracias a su recomendación con un texto de Louis Althusser que desconocía. Se llama “Dos o tres palabras (brutales) sobre Marx y Lenin” y es realmente esclarecedor. Demuele las certezas dogmáticas, sin más. Los popes del comunismo no era elegidos caídos de Neptuno con la verdad develada. Acerca el purismo, Althusser se pregunta “¿qué puede significar para un materialista, una teoría pura y completa? (…) nuestros autores, quienes se adentraron en un terreno desconocido, eran, cualesquiera fuesen sus cualidades, hombres como nosotros: buscaban, dudaban, expuestos a los equívocos, a los retrocesos, a los avances y a los errores de toda investigación. No hay que asombrarse si su obra conlleva dificultades, contradicciones y lagunas”. Hombres, solamente hombres embadurnados de la cloaca política de la realidad, no de jornadas masturbatorias infinitas.
El viejo francés reconocía, entre tantas otras cosas, que la relación del marxismo con el Estado burgués era por demás compleja, sobre todo si se sitúa el escrito: pleno descontrol setentista en todo el mundo. Allí, don Louis señala que “este problema del Estado se ha tornado hoy vital para el movimiento obrero y popular: vital para comprender la historia y el funcionamiento de los países del Este, en donde Estado y partido forman un “mecanismo único”; vital cuando se trata para las fuerzas populares de acceder al poder y de actuar en la perspectiva de una transformación democrática revolucionaria del Estado en miras a su “desaparición”.
Por último, reconociendo gran parte del fracaso socialista en el siglo, Althusser se remite a nuevas “luchas de masas, (que la dan) una nueva fuerza a su teoría, modificar la ideología, la organización y las prácticas, para abrir un verdadero futuro de revolución social, política y cultural a la clase obrera y a los trabajadores”. Y, sí, el franchute al final parece que se peronizó.
Levantar la puntería
La progresía nacional

Ser progre es toda una marca, una posición. Aventuro que hoy día no es más que una postura estética (dietética), un conjunto de clichés y slogans políticamente correctos que buscan cierto grado de repercusión provocativa o transgresora. Es entrecomillar seguido desde un “me parece que…”. Así todo, el difuso concepto de lo progre, no deja de ser una cara distinta de la moneda liberal acentuada con la muerte de los “grandes relatos” anunciada por Lyotard y compañía, donde dentro de la atomización de “causas” (?) caben la militancia –con las ONG como punta de lanza- pro marihuana, la defensa de los pájaros violetas de la Cachemira y de los caballos arriados por cartoneros, entre otros ejemplos sustanciosos. Encuentran su razón de ser en los centros urbanos, se declara anticlerical y portador de una verdad que no se sabe bien qué significa, pero que contiene un aire de superación a la hora de la entonación o armado de enunciados que destila maravillas y genialidades. Un progre argentino, es un liberal de izquierda a la norteamericana, he dicho y que venga el Belgrano Cargas de frente (?).
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El progre se indigna ante la injusticia, ante un mundo canalla, ante la deshonestidad, ante muchísimas cosas más. Pero no se indigna no así nomás. Lo hace desde un reservorio moral que lo tiene como protagonista excluyente y quien se atreva a cuestionar su intrincado e inmaculado itinerario corre con riesgos de los fuertes: ser acusado de traidor, de ladrón y de cuanta fechoría uno imagine. Desprecia al “poder”, sin situarlo/identificarlo aunque sea por aproximación a “algo. No. Puede ser desde un gobierno sudaca a una ballenera noruega.
A su vez, ante cualquier sacudón provocado por las tensiones del mundo real no duda en desmarcarse y desde afuera de la escena arrojar misiles dialécticos donde lava su conciencia, porque, como buen liberal, tiende a recluirse en su ser. El espejo de Narciso no lo falla nunca. Las culpas, las zancadillas, las canalladas, siempre son de los otros, jamás del progre porque no se embandera; a lo sumo, si lo hace, es temporario porque seguramente a quien dice respaldar lo invadirá en algún momento la ambición, el negociado o cualquier otro sentimiento maligno e irracional que determinará su eyección del grupete.
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La tradición progresista nacional tiene una fuerte impronta de la Revolución Francesa que tuvo como ejemplares sobresalientes a los jacobinos de Moreno en los albores de la Nación. Netamente eurocentrista y liberal, pone el acento en la necesidad imperiosa de arrancarle a las masas indolentes la necesidad de aferrarse a las cadenas de la opresión, por medio de la “educación”, a modo de clarividencia. Así de superados actuaron los Moreno y compañía (con muchos aciertos y valentía harto comprobada), como también lo fue Alberdi hasta que apareció Rosas y pateó el tablero de lo hasta ahí conocido, con sus muchas luces y sus muchas sombras.
La progresía nacional de entonces fue tenazmente unitaria, racista, vanguardista. El rosismo fue el enemigo a vencer durante décadas, a punto tal, que su odio a la figura de ese (controvertido, obviamente) caudillo popular los llevó a respaldar el bloqueo anglo-francés emblema de Obligado, actos de sabotaje y de cipayismo difíciles de tolerar.
De esa banda de iluminados por los libracos europeos, Esteban Echeverría fue de los personeros más destacados durante los años del Restaurador. En el célebre “El Matadero”, arroja varias puntas que ayudan mucho a la hora de interpretar el pensamiento de esa progresía incomprendida por las masas populares. Allí, relata, desde la incomprensión total, que “el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento”; que “varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraban chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores”. Es la animalidad, el asco moral ante tanta mugre, ante tanta chusma, como dice el cajetilla unitario que termina reventando como escuerzo, donde la “fuerza y la violencia bestia (…) son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas”. Echeverría, escribió el “Dogma socialista.
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El socialismo en la Argentina es la expresión más contundente de la estirpe progre a nivel organizativo, partidario. Ya llegaremos. Antes, cómo dejar de lado la historia progresista de los Mitre-Sarmiento-Roca. Imposible. Mitre, fundador de La Nación, reivindicado por la historiografía marxista argentina en el siglo veinte producto de su comprobadamente erróneo método (?) del devenir.
Sintéticamente, como fue quien llevó adelante el corrimiento de las estructuras políticas y culturales precapitalistas (la de las provincias, las del Interior, las populares), no lo quedaba, gracias a las gambetas de la dialéctica, otra que llevar el estandarte civilizador y capitalista, lo que determinaría la aparición paulatina de proletarios, que en los años subsiguientes, concretarían la revolución social (¿???????????). Roca, por caso, expulsó al representante del Vaticano en el país. Qué decir del sanjuanino que no se conozca.
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Ya a fines del siglo XIX aparecía el PS –se anunció, eh- y todo cambiaba. Como se dijo, el equipo de Juan B. Justo fue el emblema de la progresía bienpensante. Casualidad o no, su periódico se llamó “La Vanguardia”, toda una declaración de principios. Tuvo un aporte valioso a la política vernácula, pero siempre desde ese mismo lugar iluminado reforzado por las corrientes inmigratorias que arribaban al país y que acarreaban en sus harapos tradiciones comunes (volvemos: la llama progre es eurocentrista y netamente liberal). Para su pesar, el relato histórico no difería demasiado del liberal/oficial aunque “desde otro lado” se diferenciase. Jamás penetraron en esas masas morochas del “atrasado” interior, caudillista, hispánico, esclavista. Pero, como se reiteró, de arraigo popular, poco y nada a pesar de haber obtenido el primer diputado de América bajo ese signo como fue Alfredo Palacios. Su cientificismo se fue por las cloacas.
El yrigoyenismo populista fue enemigo del socialismo y lo confinó a un sitio de permanente crítica pero de escasos logros concretos a pesar de ser quienes estuvieron en “la vanguardia”. Tras la Década Infame y la irrupción del peronismo, quedaron en orsai para nunca más volver, de la mano de sus primos lejanos radicales: golpismo, desprecio por lo popular, alianzas con lo peor de la sociadad. Por eso resultan tan poco creíbles cuando esgrimen los trapos del “convencimiento ideológico” y no del “oportunismo de las alianzas”.
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Esa tradición, perdura. Tras el fracaso alfonsinista, la progresía (con el intermezzo del PI en los ’80) encontraría en pleno menemismo su razón de ser en cierto frentismo difuso que iba desde la incipiente CTA hasta lo que finalmente se conocería como el Frepaso. Para muchos, la ecuación cerraba por todos lados: el gobierno más entreguista de todos los tiempos levantaba el estandarte peronista. Allí, muchos progres de estirpe simiesca gozaron, como los Frepaso. Ésta última expresión política, compuesta por ex pejotas, comunistas y demases sueltos, es un emblema en cuanto a lo años que nos tocan vivir. ¿Si el Frepaso no es progre, qué otra cosa puede serlo? Nada: porteños, bienhablados, claritos de piel, pregoneros de la honestidad.
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Y hoy subsisten entre nosotros. Nos dan lecciones de vida, de moral, de buenas costumbres. Nos adoctrinan con honestidad, desde lejos, sin mancharse, desde su inviolable individualidad. No usan levita ni galeras. Hoy piden “free pot”, liberación de las mujeres islámicas, que “ningún pibe nace chorro” (¿Alguno nace garca, facho, solidario, peronista o biólogo?). Se enojan fácilmente, suelen recaer en la autodenigración permanente, se sienten incomprendidos por culpa de la ignorancia, la prepotencia y las avivadas de los advenedizos.
Nos enseñan. Nos educan. Están más allá, comprometidos con lo que les sucede. Algún día, construirán un mundo mejor.
viernes, diciembre 10, 2010
Hay que hacerse cargo

Quienes nos sentimos parte del campo popular debemos hacernos cargo de una vez por todas del tema delito y poner sobre la mesa qué rol deben ocupar las fuerzas de seguridad en esta democracia. El crimen de Mariano Ferreyra, la brutal represión al pueblo qom en Formosa y el descalabro de Villa Soldati nos tienen que empujar a la reflexión urgente, a la elaboración de propuestas creativas y superadoras. Pero para eso, primero que hay que asumir el problema.
Las mencionadas barbaridades no son admisibles jamás, y menos, en tiempos donde se ha hecho -con razón- de la no represión una bandera. No es posible que una decisión del Estado nacional desde
Los conflictos, inherentes a todas las sociedades, deben resolverse siempre por la política y nunca a los corchazos. En eso la definición de Aníbal Fernández es impecable como tal, pero no suficiente. Es necesario un cambio radical en todas las fuerzas de seguridad y hoy no es un tema que ocupa ni el más mínimo lugar en la agenda pública. Tenemos que debatir entre todos qué tipos de policías queremos y no regalarle a la derecha más neardenthal en bandeja la consigna de la "inseguridad". Porque si no se pone en caja a las policías del país desde el poder político con autoridad y líneas claras de acción, la criminalidad no va a cesar. Si no se diseña una política penitenciaria como la gente (ver qué se hace con la cantidad abismal de detenidos hacinados en comisarías, cómo se concretan las "salidas" de presos para la perpetración de robos, por ejemplo) y relacionada a otras áreas de Gobierno y el Poder Judicial, van a seguir ocurriendo hechos trágicos y humillantes para la condición humana. Porque, en definitiva, no se trata ni de excesos, “ovejas descarriadas” o tristes coincidencias: lo policial contiene en su interior una lógica interna de funcionamiento lindante a lo mafioso, corrupto, fuertemente corporativo y autoritario.
Las policías argentinas parecieran que progresivamente se han autonomizado. Han tomado vida propia como agencia de regulación del delito: a gran escala y en la relación con el chiquitaje en los enclaves barriales más humildes, donde la policía ficha, extorsiona, abusa de su autoridad, planta fierros y arma causas, recluta mano de obra para cometer ilícitos, negocia con los transas. Tal es así que incluso les disputa negocios a sectores de los poderes territoriales locales, sean estos dirigentes políticos o miembros de la burguesía. No hay caso, en casi todos los delitos resonantes hay uniformados, ex integrantes o allegados demasiados cercanos.
La democracia nos exige participación y condena a los mafiosos. Si no toleramos las cocinas de paco, menos deberíamos hacerlo con aquellos policías que conocen y regentean la actividad. No es aceptable que miembros de las fuerzas de seguridad marquen pibes de los márgenes de las ciudades para afanar ni que haya comisarios de patrimonios insostenibles.
Contrariamente a lo instalado por los grandes medios de comunicación y algunos sectores políticos de derecha que especulan mediante consignas rimbombantes, la única salida es política. Nada de militarizar, ni mano dura, ni nada de darle más poder a la policía. Está a la vista: es una locura. Se necesita más democracia, más transparencia y poner blancos sobre negros para desterrar y romper las cuevas enquistadas formando equipos sanos, cuadros técnicos serios y un respaldo gubernamental inconmovible. Porque todo cambio a fondo genera resistencias, sobre todo si estamos hablando de fuerzas que suman cientos de miles de hombres armados, poder territorial y logística, nada menos. Desde ya que la apuesta es muy riesgosa pero vital en vistas al futuro. Lo demás es discurso, mero maquillaje.
martes, octubre 13, 2009
BOCA DEL DIABLO

EN LA PENUMBRA

La plaza está oscura aunque no es de noche. El viejo que se recuesta a media tarde en el banco verde más próximo a la torre, ronca tanto pero tanto, que las hojas amarillentas de los árboles linderos caen oscilantes, comatosas. El brazo izquierdo le cuelga inanimado y el derecho está escondido o directamente le falta. Roxana, a los pocos metros, se refugia detrás de un centenario ombú que no dejó baldosa sin levantar, con un chongo pijudo que tiene que volverse a Varela antes de las 23, como todos los días. Al rato, sale con la cara atiborrada de una frigidez asombrosa. Se le nota a la legua que no quiere laburar. Se lleva un Beldent a la boca y sale a pitarse uno con la gorda Teresa, que vende panchos frente a la estación. Mitad en serio, mitad en joda, le cuenta lo que a la mayoría: “Me dicen que por un ratito me saque el disfraz de nena”. Ríen en medio de una nube densa de un mal porro. Roxana se ajusta el pantalón a la cintura, se raja un sonoro pedo y vuelve a las pistas. La gorda, con parte de la panza fuera de la remera, sigue riéndose mirando como su amiga vuelve a esconderse entre los árboles.
OCHO

El charco con forma de ocho vomita olor a bombacha sucia mientras cientos de pies lo esquivan y miran de reojo. Una colilla muerta flota a la deriva, se arremolina un par de veces hasta que desaparece. La calle cruje y el agua de la cloaca invade la vereda como una mancha voraz. Son las ocho. Dos paraguayos sentados en un cantero le dan del pico a una Palermo tibia. A uno de ellos le sobresalía del bolsillo, como si pendiera de un hilo dental, una enorme letra C de queso y almidón de mandioca.
